Leer

De los 12 a los 17 años devoré todo libro que cayó en mis manos. Rescaté lo poco salvable de la biblioteca familiar y expolié la municipal con tesón. Stephen King, Vargas Llosa, Noah Gordon, Bukowski, London, Kundera, Eco, Borges, Koontz, Easton Ellis, Süskind, Waltari, Barker, Vian, Crichton, Kafka, Updike y muchos más en un frenesí lector tan caótico como divertido. En aquellos años la biblioteca de mi pueblo no disponía de un espacio para consultar los libros, tenías que pedir un tocho de folios con anillas donde aparecían los libros ordenados por título o por autor. Elegías uno y el funcionario entraba al archivo y si no estaba prestado te lo enseñaba. No tenías una portada que te atrajera, ni una editorial que te diera confianza, ni siquiera una breve sinopsis. Era un frío listado repleto de tesoros por descubrir. Ante ese panorama te agarrabas a algunos autores y seguías su senda. Si te había gustado El nombre de la rosa te abalanzabas sobre El péndulo de Foucault y lo leías sin entender prácticamente nada, esperando que aquello remontara en el último párrafo. Si conocías a Vargas Llosa por La ciudad y los perros quedabas condenado a leer varios libros cuyo protagonista era la selva peruana.

Desconozco qué habría sido de mi adolescencia si me hubiera echado novia o si mis padres me hubiera regalado ese ordenador que tantas veces pedí. En realidad creo que esta afición no cambió nada en mí de forma sustancial. Sí pienso que me ayudó a quitarme prejuicios sobre los libros, a usarlos de forma egoísta como fuente de placer al margen del nombre del autor o incluso de su calidad literaria. Cuando en el instituto nos hicieron leer La celestina o San Manuel Bueno, mártir no significó -como para otros compañeros- un muro infranqueable de entrada a la literatura, me imagino que simplemente los dejé de lado y empecé cualquier mierda de novela de Robin Cook: el veneno ya estaba dentro.

Hoy en día leo muy poquito, he dejado de fumar una cajetilla diaria para fumarme un buen puro muy de vez en cuando, pero como cualquier adicto puedo asegurar que estaré curado el día que me muera.

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7 Respuestas

  1. Ander dice:

    Mis principales recuerdos bibliotecarios son dos: 1) La biblioteca de Lumbier, en la que me leí todos o casi todos los Astérix y los Tintín en un veraneo navarro. 2) La biblioteca del Koldo Mitxelena, entre 1995 y 2000, para preparar viajes y buscar los libros que hubiera sobre tal o cual país. Entonces la biblioteca del KM era nuestro Google.

  2. escéptico dice:

    Ander, también es de justicia señalar que los mejores baños de biblioteca son los del KM. Ponen luz mortecina para que no te lleves lectura, pero hasta eso se les perdona.

  3. Ander dice:

    Exacto. El Koldo Mitxelena es una primerísima referencia en mi mapa mental de los lugares de San Sebastián para apuros callejeros. Juega un gran PAPEL en los casos de urgencia. Lo doy por SENTADO.

  4. Ketari dice:

    Los de Asterix y Obelix yo me los leí en una pequeña biblioteca municipal, era un Kiosko caótico de 5×2 metros, que había en lo que actualmente es la terraza de la Perla, te sacabas un carnet que te valía para todo el Verano, y entre baño y baño subíamos a leer los libros de Asterix.

    Hace muchos años que la cerraron, he intentado buscar algo por internet pero no encuentro nada.

  5. escéptico dice:

    Ander, no pillo por dónde vas, deberías ser más claro.

    Ketari, las lecturas infantiles en la playa con los granitos de arena colándose entre las hojas, las manitas llenas de grasa de las patatas fritas que pringan el borde de la página. VAYA GUARRADA.

  6. cio dice:

    Uno de mis recuerdos más emocionantes de bien pequeña, era la lectura de los libros de Timun Mas ‘Elige tu propia aventura’… Esas tapas rojas eran abiertas con la expectación propia de una virgen enamorada en su primera cita sexual… (algo tendrá que ver el que alternaba esas lecturas con las novelas de Corin Tellado que mi madre escondía en las cajas de los zapatos del fondo de su armario, uhmmmm…)

  7. escéptico dice:

    Cio, libros muy entretenidos. Bastante mal escritos pero esa sensación de poder decidir tu camino siendo un mocoso era adictiva.

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