Un neandertal en apuros

Cuando mi hijo tenía unos pocos meses y me levantaba de madrugada a atender su llanto, en ocasiones calculaba mentalmente cuánta gasolina me quedaba en el depósito del coche. Medio dormido hacía una estimación de hasta dónde podría llegar de un tirón, a cuántos kilómetros de ese lloro me encontraría cuando todas la luces de alarma se encendieran y el motor comenzara a toser.

En cierta ocasión un padre con hijos casi adolescentes me confesó que si pudiera volver atrás no tendría hijos. Lo dijo sereno y parecía una reflexión muy meditada. Explicó que los quiere con locura y que se considera un buen padre, pero que sabiendo lo que ahora sabe elegiría otro camino. En aquel momento yo no tenía hijos y creí entender lo que decía. Ahora lo que me aterra es verme a mí mismo dentro de 15 años haciendo la misma confesión. O peor aun, saberlo y guardar el secreto por vergüenza y cobardía.

Me pregunto qué pensaría mi padre de esto, vive a diez minutos de mi casa, pero en estos temas me parece que nos separan galaxias enteras. A algunos la madurez no nos llega al irnos de casa, ni al tener un hijo, ni cuando enterremos a nuestros padres, nos llegará un segundo después de cascarla. La duda es si siempre ha sido así, si cada nueva generación siente que es la más desvalida de la historia, si los hijos siempre piensan que les dan demasiadas vueltas a las cosas comparados con sus padres. Tal vez sea todo más sencillo y el error consista en suponer que los de mi generación tienen las mismas preocupaciones que yo, quizás en toda sociedad hay un porcentaje de agonías como yo, de todas las edades. Me imagino a un neandertal encorvado en una cueva en Altamira, pintando un bisonte y cuestionándose si estaba pintando ese animal porque su padre lo pintaba o porque realmente le apetecía hacerlo.

Y claro, tanto darle vueltas a la chocolatera lo que pretendía ser un bisonte se convierte en una mancha naranja, y lo que al empezar a darle a la tecla aspiraba a ser un texto divertido acaba siendo algo muy diferente.

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6 Respuestas

  1. Shatik 1-3 dice:

    Siempre he pensado que tener hijos era como fumar. Quizá la diferencia estribe en que, a medida que nos hacemos mayores, el pito que nos solemos fumar nos dura un poquito más encendido entre los dedos y en nuestros labios que lo que dura encendido ese otro pito que tras un calentón deja de moverse entre los dedos propios para, un buen o mal día, inmiscuirse en otros labios incandescentes. Y entonces, mientras nuestra semillita se ha posado y asciende con mayor o menor pericia por la caverna post-neandertal de nuestra amada, nuestra nuca reposa en la cabecera y el humo del pito postcoital revela la angustia de la espera. Nueve meses.

    Alcanzados los cuarenta, existen esas estirpes de hombres: los que se han convertido en padres y los que no lo son ni ambicionan serlo. Igualmente existen esas otras estirpes de hombres: los fumadores y los que nunca abrazaron la pasión (para algunos), deleite (para otros cuantos) o vicio (para otros) del tabaco. Los fumadores sujetaban ufanos el cilindro en su adolescencia y miraban de reojo al pringado trasgresor que osaba no culminar el rito de paso y volverse un “hombre” al iniciarse en el arte de fumar y de ser un tipo duro. Con el tiempo, un no fumador se congratula de no haber formado parte de ese selecto grupo cuando los dependientes de la nicotina le dicen “si lo llego a haber sabido, no me hubiera metido en este berenjenal” y entonces el no fumador se alegra de no haber seguido el supuestamente natural camino de adoptar su infante cigarrillo. Nadie le dijo que eso era para toda la vida y que a veces entraban dudas: ¿me estaré equivocando?

    Pero el mundo, desde que es mundo y los hombres pintan en las cavernas, nunca ha sido tan simple. Además de fumadores y no fumadores, hay los que en su época fumaron y en algún momento rompieron su vínculo con el deseado tabaco. Entre éstos, los hay que afortunadamente tomaron su decisión (a saber si alguna vez se arrepienten o no pero suya al fin y al cabo) y dejaron de forma voluntaria esa unión. Otros, en cambio, lo hicieron sin gobernar la voluntad; alguien decidió por ellos porque, por lo visto, era lo mejor para su salud y el placer se interrumpió abruptamente. Salieron de la caverna gozosa y se quedaron a medias. Y ya no habrá más pitillos. Sin tiempo para recordar la última calada. Esa que medio le envenenaba a veces, de acuerdo, pero que era suya. Suya: él la eligió. Y ahora se la han arrancado. Y entonces se siente roto, vacío, anhelante de su pitillito, el que era parte de sus entrañas.

    Hay neandertales que arrastran su neurosis por las piedras de la caverna. Intentando combinar los tonos ocres igual que lo hiciera papá-neandertal pero imprimiendo esta vez su particular sello: la naranja nada mecánica que surge de la continua duda existencial. Y esa mancha es entonces bella porque todavía es un proyecto de bisonte que se quedó en otra cosa. Lo peor es cuando no hay bisonte, ni mancha naranja, ni nada que se le parezca, sino simplemente dos ojos mirando el relieve de la piedra: una mirada como absorta. No hay pensamientos circulares, hay únicamente una mente totalmente ausente que se esfuerza por coordinar pensamientos lógicos, pero que solamente consigue abrir sus labios sin asir cigarro. Y finalmente decir: ¿por qué a mí? Te echo de menos, mi infante.

  2. Enrique R. dice:

    Creo que la clave la has dado tú mismo en tu texto «hijos casi adolescentes». Es una etapa vital en la que tanto hijos como padres se llegan a casi odiar.
    Sin embargo, el paso de los años da un poso que hace que la relación mejore sustancialmente. Yo me llevo ahora, a mis 40 y pico años, mucho mejor con mis padres de lo que me llevaba hace 20. y especialmente con la llegada de mi hija desde que son abuelos.

    No sé, sinceramente se me hace difícil que alguien que ha tenido hijos (en plural, no uno «de penalti» injusto en el último minuto) e incluso ha repetido, se plantee después de 15 años no haberlos tenido, cuando, por cierto, ya has disfrutado de unos años maravillosos de cariño, juegos y risas…

    (P.D.: nunca he fumado…xD)

  3. El Jukebox dice:

    Fumo, aunque no puedo echarle la culpa del vicio a mi hijo porque no tengo (me refiero a hijo, no a vicio).

  4. escéptico dice:

    Shatik 1-3, no sé si me queda claro lo que quieres decir, tanto leer la palabra «pito» hace que la cabeza se disperse. No veo clara la relación entre fumar y tener hijos, aunque ambas sean un vicio caro.

    Enrique R., sus hijos no eran nada problemáticos, ni siquiera eran adolescentes cuando lo dijo. Estaba encantado con ellos, tampoco lo decía como si fuera un fracaso vital o un drama, quizás por eso me impactó más, porque parecía algo muy pensado.

    El Jukebox, si tuvieras hijos fumarías el doble o dejarías de fumar, eso es a lo que se refieren con lo de «te cambian la vida».

  5. Ander dice:

    Me han entrado unas tremendas ganas de ser hijo.

  6. escéptico dice:

    Ander, si quieres te adopto, a ver si así consigo que me salga la declaración a devolver.

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