Familia Feliz

En un restaurante chino a rebosar pido una Familia Feliz y todo ocurre en cuestión de segundos. El camarero hace un gesto hacia la barra, suena una campanilla y entrelazada por las manos sale de la cocina la familia Urdangarín. Los dos adultos y los cuatro niños se acercan a mi mesa y tras una breve reverencia se agarran por la cintura y comienzan a bailar un can-can.

Los niños están concentrados en llevar bien el paso, la infanta se esmera en disimular la mueca de “son cosas de mi marido” e Iñaki disfruta, goza como un evasor fiscal con la calculadora de windows. El espectáculo es mejorable, se ve que lo están puliendo en provincias para llevarlo bien engrasado a las principales pedanías de Ávila. La música tampoco ayuda, ejecutar un can-can al compás de la versión pequinesa de “Bailar pegados” no permite el lucimiento de los artistas. Apoyado en el marco de la puerta de la cocina, un chino al que le caen cataratas de sudor por las patillas observa inquisitivo, acompañando cada levantamiento de pierna de los bailarines con un alzamiento de barbilla. Uno de los niños que baila -el que está a la derecha de Iñaki- cae al suelo mareado, lo que provoca que una cuadrilla de veinteañeros le arroje huesos de pollo y pan de gamba. Iñaki, en un alarde de profesionalidad, aparta de un taconazo en la nuca el cuerpo desmadejado de su hijo y agarra al siguiente en la línea sucesoria con gran entusiasmo. Pese a incumplir una de las reglas básicas de este tipo de baile (gran diferencia de altura entre bailarines adyacentes) el espectáculo va creciendo en intensidad. Todos damos palmas y la atmósfera se carga de un ambiente extraño, como si estuviéramos a punto de recibir una subvención sin necesidad de haber presentado la fotocopia del DNI.

Al detenerse la música se viven momentos de confusión, unos se palpan la cartera, otras comprueban si llevan las bragas puestas, algunos corren hacia los baños con el rostro y el intestino desencajados. De la familia Urdangarín no hay rastro. En el aire flotan la incredulidad, un fuerte olor a reflex y un miedo cerval a pedir la cuenta.

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2 Respuestas

  1. alfanje dice:

    Nunca en la vida he llegado a saber qué es una familia feliz. Y no es porque mis viejos me zurraran, que también. Cada vez que íbamos al chino alguien decía que era algo asqueroso y lo cambiaba por otro plato de la carta. Ahora empiezo a entender.

  2. escéptico dice:

    Es curioso, si miras en las fotos de internet aparecen platos muy distintos. En el que íbamos nosotros era una especie de ensaladera hecha con una oblea que dentro tenía algo inmasticable. Lo cambiábamos siempre por algo peor, en nuestra línea.

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