La familia basura

Julián Méndez anunció una tarde que se iba a por tabaco y para sorpresa de su familia regresó a los 10 minutos con un cartón de Ducados. El señor Méndez, un no fumador empedernido, explicaría este extraño comportamiento a su mujer alegando que el corazón tiene razones que la razón no entiende. Su mujer Concha, desde la otra punta del sofá, sonrió dulcemente y babeó. Llevaba más de dos horas dormida.

El matrimonio y las dos hijas vivían en un  barrio tranquilo, de esos donde los pequeños comercios se van convirtiendo en bajos sin permiso de habitabilidad. La hija mayor no sabía hacer la o con un canuto mientras que la pequeña hacía unos canutos con forma de o que daba gusto verlos. Julián conducía un taxi y Concha era traductora de lenguas muertas. La subida de los carburantes obligó al padre de familia a tomar medidas desesperadas, se cobraba a sí mismo cuando iba solo en el taxi y al volver a casa empujaba el coche en punto muerto los 3 kilómetros que separaban el centro de la ciudad de su garaje. Pero nada de esto funcionó, y en un arrebato de ira mientras su yo-taxista discutía con su yo-cliente por no llevarle por el itinerario más corto, embistió a un anciano con tan mala suerte que se desintonizó la COPE de su aparato de radio. El atropellado salvó la vida gracias a que el embudo amarillo que llevaba en la cabeza absorbió gran parte del impacto.

Desde ese momento Julián no volvió a ser el mismo. Pasaba madrugadas enteras tirado en la cama durmiendo y se encolerizaba al menor puñetazo en la cara. Sus amigos más íntimos le dejaron de seguir en twitter y su panadera de confianza adelgazó. Lo que antes era una convivencia plagada de gritos y reproches se convirtió en una macedonia de golpes bajos, vejaciones y patatas fritas congeladas. Las facturas de Iberdrola ya no le hacían gracia y dejó de apreciar la sana camaradería implícita en toda asociación de padres de alumnos. Concha decidió recurrir a un psicólogo de forma periódica, pero ni siquiera ese polvete semanal aplacó el sufrimiento de ver cómo tu marido se alejaba día a día sin poder remediarlo.

Sus hijas también estaban desesperadas, así que idearon un arriesgado plan. Colocaron una fotografía de sus años felices en una papelera, justo por donde pasaba a diario su padre para echar la primitiva. El mensaje era muy claro, toda esa felicidad, papá, todo ese gozo se ha ido a la basura. Atrapa esa fotografía y rescata a tu familia de esa fosa séptica en la que se encuentra. Fantaseaban con que al ver la imagen, una chispa prendiera en lo más profundo de aquel hombre, provocando una catarsis que les devolviera ileso y arrepentido al ser que alguna vez habían amado.

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3 Respuestas

  1. Ander dice:

    Desgarrador. Conocí a Julián Méndez en sus mejores tiempos, antes incluso de dedicarse al taxi, cuando era periodista y hasta me dedicó un reportaje. No olvido el glorioso último párrafo, en el que habla de mi amigo Josema y una de sus curiosas aficiones:

    http://www.elcorreo.com/vizcaya/prensa/20070126/sociedad/vespana-cani_20070126.html

    Siento mucho su problemática, hago un llamamiento a las autoridades a nivel de ciudadano, porque Julián Méndez siempre pagó sus impuestos y ahora no podemos dejarlo en la estacada y si hay que pagarle la catarsis se le paga. Enhorabuena por tu programa.

  2. escéptico dice:

    Ander, parece que en sus ratos libres sigue cobrando por escribir, por faltar al respeto a quien entrevista y por hacer chistes muy malos: http://www.diariovasco.com/v/20111005/al-dia-sociedad/antonio-poneen-llagael-dedo-20111005.html

  3. Ander dice:

    Terrible, qué mal gusto y qué falta de respeto, qué sobrada el titular y la última frase. No sé cómo le permitieron publicar eso.

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