Un día cualquiera

Me levanto, me pongo las zapatillas de casa y pienso que estaría muy bien que me gustara el café. No sé, un tema más de conversación, que si el de Colombia es el mejor, que si a mí el de Kenia no me dice nada. Como un trozo de bizcocho reseco que hizo mi suegra. Por un momento valoro la posibilidad de que esté envenenado. Quito ese pensamiento de mi cabeza, no porque sea una locura, sino porque si no me doy prisa llegaré tarde al tren.

Salgo de casa a paso ligero, entro en la estación, y al llegar al andén, el mismo panorama que todos los días. La chavalita que tiene un buen culo, las mujeres que van a limpiar, ese tío que va siempre en manga corta sea invierno o verano.  Me resisto a saludar a la gente con la que no he intercambiado palabra, aunque los vea más a menudo que a mis padres. Supongo que es una estupidez, pero me parece violento no saludar un día y al siguiente hacerlo sin que haya pasado nada reseñable de por medio. Quizás debería no saludar un lunes, hacer un ademán de saludo el martes y el miércoles saludar con plena confianza. Me consta que hay personas que hacen estas cosas de manera más natural, sin pensarlo. No sé si les envidio o no, luego lo decido.

Salgo del trabajo y pido un menú del día. Hoy es un día de esos en los que como más por hábito que por hambre. Me traen la ensalada y pienso si echar un escupitajo en ella y montar un escándalo a la camarera. Luego recuerdo que no soy un psicópata cabrón y descarto la idea. Al acabar la chica me ofrece café y digo que no. La comida era muy mala. Me pregunta qué tal la comida y digo que muy buena. Luego pienso en qué deberé decir el día que la comida realmente esté muy bien. Lo lógico sería decir que muy mal, para compensar, pero no acabo de encontrarle sentido al razonamiento.

Vuelvo al trabajo, salgo de él y camino hacia casa cuando ya anochece. Dispongo de una hora libre. La desaprovecho lo mejor que sé y me dispongo a hacerme la cena. Saco de la nevera una bandeja con varios trozos de lomo adobado. Me fijo en que uno de ellos tiene la forma de Groenlandia. Decido dejar ese trozo para otro día. Ya sé que no es una zona muy habitada, pero aún así me sentiría un poco culpable si lo comiera.

Al acabar dejo los platos en la fregadera y noto cómo el cansancio y la tensión acumulada de todo el día se apoderan de mi cuerpo. Me pongo mi camiseta de «I love New York» y los patucos que me regaló mi madre y me meto en la cama. Hay que descansar, mañana va a ser un día duro. Al fin y al cabo, no se recoge un Premio Nobel de la Paz todos los días.

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