Woody Allen ha muerto

Artísticamente, para mí, ha muerto.
Cuando empecé a ver películas de Woody Allen, lo hice por sus comedias más simplonas: Bananas, El dormilón, La última noche de Boris Grushenko. Son una especie de Aterriza como puedas con referencias a Wagner, Freud o Dostoyevski. Una sucesión de gags sin pies ni cabeza que funcionan bastante bien si no tienes más de 25 años. Por si fuera poco, esta afición servía para saber tu grado de compatibilidad con el otro sexo. Era difícil, pero si encontrabas a una mujer a la que le gustaran las películas de Woody Allen, no necesitabas mucho más para pedirle matrimonio.

Después empecé a valorar otras películas de su filmografía, joyas como Annie Hall, Días de radio, Manhattan, Zelig o La rosa púrpura de El Cairo. Sé que no son obras maestras, pero me encantan. Historias pequeñas y redondas, sin trampa ni cartón. Además, no nos vamos a engañar, un tío que te ha hecho reir en la adolescencia ya tiene mucho ganado. Incluso eras capaz de perdonarle esos deslices de cuando intentaba ser Bergman y no llegaba, películas alabadas por la crítica pero que al fan medio de Woody le aburrían más que un concierto acústico de AC/DC, pestiños como Otra mujer o Interiores.

Luego llegó la época dorada, cuando acudía al cine de estreno a ver películas como Poderosa Afrodita, Todos dicen I love you o Desmontando a Harry. Esperaba cada una de ellas con expectación, un rito anual que creía que no acabaría nunca. Dicho y hecho. A partir de ahí se acabó lo bueno, seguía haciendo una película al año y, por pura inercia y negando lo evidente, seguía yendo al cine a verlas. De vez en cuando un destello, una frase brillante, pero no era nuestro Woody. Tras Melinda y Melinda dejé de ver sus películas en pantalla grande. Tras Scoop ni siquiera me las bajo de internet. Se acabó. Me duele decirlo pero me aburre. Y eso es imperdonable en un cómico. Por respeto a lo que ha sido no puedo ver otro tostón suyo, porque podría empañar magníficos recuerdos.

La puntilla fue ayer mismo. Trataba de refugiarme en su literatura para olvidar sus desengaños cinematográficos. Comencé a leer su último libro de relatos cortos, Pura anarquía, y tuve que dejarlo, cualquier parecido con Cómo acabar de una vez por todas con la cultura, Sin plumas o Perfiles es pura coincidencia.

Ya puedo decir que el gran Woody Allen, nuestro Woody, ha muerto. Descanse en paz.

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